Tenemos una deuda con todos nuestros migrantes

Por lesly Veliz

Publicado 07/09/2019

No se borra de mi mente la imagen de Óscar y su pequeña Valeria. Su fotografía aparece constantemente, junto con la de Aylan, el niño sirio que fue hallado muerto en una playa. Para Valeria y Aylan, enfrentar la muerte de esa manera debió ser una pesadilla, un dolor al que ningún niño debería ser sometido.

La humanidad ha fracasado en la obligación que, espiritual y legalmente tiene de proteger a la infancia; por el contrario, la ha convertido en víctima directa del hambre y de abusos de todo tipo y magnitud.

Y claro, los países en vías de desarrollo somos los más desafortunados en ese sentido; ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo en las prioridades para cambiar esa realidad que golpea a los más inocentes; por el contrario, solo señalamos y buscamos culpables, como si de esa manera la situación fuera a cambiar. Estoy de acuerdo en que debe castigarse la avaricia, la corrupción y la holgazanería que nos mantienen en ese rezago, pero no como parte de un afán de conquistar heroísmos vacíos, sino como una forma de alcanzar la meta de construir mejores sociedades.

¿Cómo habríamos evitado estas y miles de muertes más? Óscar y Valeria se fueron en busca de una vida mejor, huyendo de la pobreza; Aylan, huía de la guerra. Estos dos flagelos han acabado con miles de vidas y seguirán haciéndolo mientras persistan la división, el egoísmo y la ambición desmedida. 

En el caso de la migración, hemos equivocado el discurso. Se ha llenado la opinión pública de mensajes que criminalizan al migrante o que se centran únicamente en las remesas, como si quienes las envían fueran máquinas que producen dinero. Se nos olvida que son seres humanos como nosotros, que se han visto acorralados por una u otra razón. 

Tomar la decisión de marcharse es difícil para la mayoría, y cada vez más arriesgada. Si no mueren en el camino, corren el riesgo de ser deportados, o trabajan en condiciones infrahumanas con las que deben conformarse. Según el Instituto Guatemalteco de Migración, la cantidad de deportados viene en aumento desde 2015. Ese año regresaron al país 31 mil 443 connacionales, mientras que en 2018 fueron 51 mil 376. ¿Qué nos dicen esas cifras? ¿Cuántas personas cercanas a usted han dejado Guatemala en busca de mejores oportunidades en Estados Unidos? ¿Por qué lo han hecho?

Para frenar esa tendencia es indispensable el empleo formal, y para que esto ocurra, necesitamos más inversión. Lo anterior trae consigo opciones como mayor recaudación que puede traducirse en mejor educación, atención digna en salud y seguridad para todos. Si a ello le sumamos un Gobierno eficiente, el panorama se transforma drásticamente.

Parece una utopía, pero no lo es. Podemos empezar con apoyar iniciativas que impulsen el empleo formal en el país y con sensibilizarnos un poco más sobre la situación que enfrentan nuestros migrantes. Es fácil culpar a Óscar por poner en riesgo a su pequeña Valeria, pero el problema es más profundo que eso. Como madre, pienso que quizá Óscar enfrentó la desesperación de no tener con qué alimentar a la bebé y al resto de su familia; El Salvador, su país de origen, enfrenta debilidades estructurales similares a las nuestras, así que no es difícil saber qué situación lo obligó a dejar su patria.

En cuanto a la guerra, quizá no la enfrentamos de la misma manera que la familia de Aylan y sus compatriotas, pero si hay polarizaciones que tienen el mismo efecto. Hasta que la humanidad entienda que solo por medio de consensos, respeto y tolerancia podremos salir adelante, tendremos que vivir atormentados por esas fotografías devastadoras que conmueven.

Ojalá pasemos de la conmoción y los hashtags a movimientos genuinos que transformen radicalmente nuestras sociedades. Se lo debemos a Óscar, Valeria, Aylan, Felipe, Mariee, Jakelin, Juanito, y un largo y doloroso etcétera…