Los desafíos de la transición

Por Roberto Ardón

Publicado 17/03/2019

Un viejo refrán popular reza que no hay que vender el venado antes de cazarlo. Sin embargo, en política no necesariamente aplica. Mientras los partidos políticos se afanan por terminar de celebrar sus asambleas, hacer sus inscripciones, sortear sus obstáculos legales y prepararse para una campaña electoral relativamente afónica, nadie parece poner atención a un elemento clave de la malograda reforma a la Ley Electoral. Me refiero a la prolongada transición política, que quien gane las elecciones deberá sufrir ahora por al menos cinco meses.

En esta ocasión, la fiesta electoral está programada, en condiciones normales, para cerrar su último capítulo en el mes de agosto con la celebración de lo que pareciera ser una obligada segunda vuelta. Esto es un cambio sustancial en los plazos políticos del país. En antaño las segundas vueltas se solían celebrar en el mes de noviembre y una incluso llegó a celebrarse apenas a unos pocos días de la toma de posesión del nuevo gobierno. Ello obligaba al partido ganador a tener una idea relativamente clara de su equipo de gobierno y sobre cómo manejar las expectativas de la población, contando con la ayuda de un período navideño de por medio. Sin embargo, ahora todo será distinto: el ganador tendrá en sus manos cinco largos meses para asumir el poder político de la nación.

Algunos creen que este período permitirá hacer una transición más ordenada, programada y serena. Nunca ha sido el caso y veo difícil que esta sea la excepción. Los procesos de transición, aun cuando muy anunciados, terminan siendo un pálido reflejo de lo que se busca o pretende debido a los intereses políticos involucrados y a las rivalidades entre quien sale y quien llega. Sin embargo, demos el beneficio de la duda. Pero luego se suman otros desafíos adicionales, que esta vez el largo tiempo de la transición provocará. Examinemos algunos de ellos.

Es un axioma en la política que una vez se celebran elecciones, el gobierno saliente pierde poder y el proyecto ganador comienza a adquirirlo. Esto es muy normal. Pero convivir rey muerto y rey puesto durante tanto tiempo generará fricciones importantes. Para muestra el botón de México, donde el presidente electo, bastante antes de tomar posesión, provocó dinámicas políticas que tuvo repercusiones en la política pública del vecino país. Cómo encajarán estos dos poderes en simultáneo está por verse. Y en Guatemala el asunto no es menor, estando de por medio el mes de septiembre, un mes cabalístico para muchos.

Luego está el asunto de los equipos de trabajo. Los presidentes electos han sido siempre muy hábiles en anunciar a sus Ministros en un marco de tiempo suficiente como para evitarles desgastes públicos, presiones internas para colocación de afiliados en los distintos estamentos del gobierno o sufrir los embates de los grupos de presión. Ahora el nuevo gobernante tendrá el dilema de cuándo y cómo anunciar su gabinete. Hacerlo demasiado temprano, digamos septiembre, hará presos a los ministros de todas las presiones e influencias comentadas. Hacerlo tardíamente le presentará el reto al Presidente electo de tener que ser él, al estilo de un pararrayos político, quien soporte el impacto mediático de todos los temas, amén de que lo expone a fisuras o divisiones políticas por el estira y encoge que los grupos cercanos suelen provocar con el afán de colocar a sus piezas en los puntos clave del gobierno.

Por último, está el reto del Congreso saliente. Anteriormente el período legislativo estaba ya en su fase moribunda cuando los guatemaltecos terminaban de definir a su nuevo Presidente. Acá, con tanto tiempo antes, tendremos a un Congreso saliente apenas iniciando su segundo período anual de sesiones. Con un presupuesto por aprobar, con varios asuntos políticos que seguramente llegarán a sus manos y hasta las elecciones de las nuevas cortes en su portafolio, veremos cuánto afecta el tener un Legislativo con muchos diputados no reelectos, con facturas por cobrar y con alineaciones que trascienden las fronteras partidarias.

El reto de la transición es enormemente complejo. Mientras los guatemaltecos logramos enmendar las tremendas meteduras de pata de esta reforma política –en cuenta los plazos de la transición– no nos queda más que esperar y pedir que quienes llegan y quiénes salen tengan una cierta dosis de visión de Estado para permitir que en enero asuma un gobierno con credibilidad y fortaleza suficiente como para emprender bien la importante tarea que tendrá por los próximos cuatro años.