Invertir en nutrición: Por una niñez con futuro

Publicado por Homa-Zahra Fotouhi
Representante Residente del Banco Mundial en Guatemala

En los últimos 25 años, Guatemala ha avanzado en varios indicadores de salud.  Por ejemplo, entre 1990 y 2013, la mortalidad en menores de 5 años se redujo de 81 por cada 1,000 nacidos vivos a 31 y la mortalidad infantil declinó de 60 a 26 fallecidos por cada 1,000 nacidos vivos. Sin embargo, existe un índice que coloca a Guatemala entre los países con peor desempeño en Latinoamérica y en el mundo:  la desnutrición crónica infantil (DCI).  De acuerdo con los últimos datos disponibles, la tasa de DCI en Guatemala es de 46.6 %.  Esto equivale a 1.6 millones de niños. Es la tasa más alta del continente americano y casi el doble que la del país siguiente en la lista, Bolivia. Además, el promedio esconde graves desigualdades; por ejemplo, Totonicapán y Quiché tienen una tasa de desnutrición del 70 %.

La desnutrición crónica es un fenómeno “invisible”. Los niños enlentecen su crecimiento y desarrollo, su talla es menor y también menor es el desarrollo del cerebro e inteligencia. Atacar la DCI es un problema complejo, que requiere un esfuerzo continuado, multi-disciplinario y de muchos sectores, con intervenciones específicas y simultáneas. 

El impacto para el país de tener una población desnutrida no es únicamente un problema de salud para los afectados, o de derecho a agua potable, saneamiento y una alimentación sana, sino que representa un costo económico enorme. En promedio, el costo económico de la DCI es el 7 % del producto bruto per cápita, pero puede llegar hasta casi el doble dependiendo de las circunstancias. Los niños con desnutrición crónica inician la escuela más tarde, completan menos años de escolaridad y tienen un menor coeficiente intelectual que sus pares.  Evitar esto, además de ético y humano, es económicamente beneficioso: se estima que, por cada dólar invertido en reducir la desnutrición crónica, el retorno podría representar entre 21 y 41 dólares. 

Sin embargo, existen experiencias internacionales exitosas y recientes de reducción de la DCI que generan optimismo, y que podrían replicarse. Perú, por ejemplo, redujo la DCI a la mitad en un período de 10 años. Primero, el país reconoció el problema. Segundo, la sociedad civil persuadió a los políticos que esta lucha debía convertirse en un problema de estado y que requería la aplicación de políticas independientemente de los ciclos de gobierno. Tercero, con el compromiso del Ministerio de Finanzas, en coordinación con los sectores de salud, agua, educación y protección social, y con la participación de los gobiernos locales, se aplicaron políticas para que los recursos se otorgaran en función de resultados. 

El Proyecto “Crecer Sano” apoyado por el Banco Mundial buscará aplicar las lecciones aprendidas de Perú y otros países, adaptadas a las necesidades específicas de Guatemala. El proyecto es una intervención en escala en los 7 departamentos más afectados por la DCI, que actuará en la ventana de los mil días (gestación + primeros 2 años de vida), y que buscará que las generaciones de niños nacidas durante el programa lleguen a los 2 años con menor incidencia de desnutrición. La mayoría de las inversiones apoyadas por el programa serán estructurales, lo que favorecerá la sostenibilidad de los logros.

En la búsqueda de lograr un compromiso de estado para la erradicación de la DCI, el trabajo del Banco Mundial se apoyará en los importantes esfuerzos que entidades del sector privado desarrollan en distintas áreas del país. Incorporar lecciones aprendidas es de vital importancia para lograr la efectividad de los programas.

El momento de actuar es ahora.  El costo humano y económico es demasiado alto para postergar esta batalla. Salvemos vidas y generaciones, por una niñez con futuro.

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