Un Estado ni autónomo, ni capturado

Por Jonatan Lemus

Publicado 05/03/2018

El concepto de “cooptación” o “captura” del Estado ha adquirido popularidad en Guatemala. Se ha utilizado para describir la dinámica en la que actores externos al Estado, en colusión con burócratas o políticos, obtienen beneficios particulares abusando de su influencia económica o política. La “cooptación” se ha evidenciado en casos de financiamiento electoral ilícito y de corrupción en compras o contratos estatales.

 

En los últimos años se ha abierto una discusión sobre cómo liberar al Estado, de manera que pueda servir al interés común y no el particular. En efecto, toda la agenda de reforma institucional (reforma constitucional, Ley Electoral, de Compras y Contrataciones y Servicio Civil) ha tenido como leitmotiv la aspiración de separar al Estado de la influencia de grupos (corruptos y paralelos) de presión. A este objetivo, se suma la demanda de un ente público con mayores capacidades y más autonomía para intervenir en la sociedad.

En este espacio, me gustaría aportar a este debate, señalando algunas consideraciones teóricas sobre, primero, la posibilidad empírica de construir un Estado con mayor autonomía, y segundo, sobre la conveniencia de posicionar la autonomía como un ideal normativo.

El primer debate se centra en si el Estado puede, en la práctica, ser un organismo autónomo. Una perspectiva argumenta que el Estado no es más que la agregación de actores individuales, un ente abstracto cuya manifestación concreta es el gobierno. Este último está conformado por individuos con intereses y preferencias propios. Por lo tanto, aunque se pretenda separar al Estado de la sociedad, esta aspiración es irrealizable en la medida que sus miembros sean parte de la misma sociedad. Una segunda perspectiva contradice este argumento. Se dice que hay ejemplos de Estados con altos grados de autonomía que han intervenido activamente en la sociedad, por ejemplo, el estadounidense luego de la Gran Depresión de 1929, o los Estados de Bienestar europeos. Según esta visión, la autonomía no solo es una posibilidad empírica en el presente, sino que lo ha sido a lo largo de la historia.

El segundo punto de discusión es si la autonomía es un ideal a perseguir. Una primera perspectiva parte de una evaluación pesimista sobre el actuar de los grupos de interés. Se argumenta que estos buscan concentrar beneficios para sus miembros y tienen un efecto negativo en las decisiones públicas. Por lo tanto, el Estado debe operar de forma independiente y convertirse en un árbitro imparcial. Por otro lado, una segunda perspectiva evalúa positivamente la función de los grupos de interés. Dado que el Estado no es más que la agregación de intereses individuales, estos grupos no solo son consecuencias naturales de un sistema democrático, sino que además son deseables para limitar el poder del gobierno. De lo contrario, el separar al Estado de la sociedad podría conducir al autoritarismo pues se le otorga voluntad propia a un ente que por su naturaleza, puede abusar del poder.

Los dos debates descritos proveen algunas ideas a tomar en cuenta para resolver el problema de “cooptación” o “captura”. Una primera conclusión es que la construcción de un Estado con mayor autonomía y capacidades es posible, sin embargo, la sociedad tarde o temprano busca revertir dichos procesos (ejemplo: Reagan y Thatcher en los ochenta). Segundo, aunque en Guatemala algunos actores han efectivamente tomado control del Estado, la mejor solución no radica en separar al Estado de la sociedad, pues eso conlleva algunos peligros.

En resumen, el debate debería enfocarse en diseñar reglas del juego que promuevan comportamientos virtuosos en la relación entre sociedad y gobierno. Tengo la convicción de que se puede liberar al Estado de la captura de grupos corruptos, sin necesariamente construir un ente público completamente autónomo, con características autoritarias, intervencionistas, y sin controles de la sociedad.