La mesa del póker

Por Roberto Ardón

Publicado 21/03/2018

El póker ha sido de unos de los juegos de cartas más difundidos entre aquellos que disfrutan de los entretenimientos de salón. Con una mezcla de azar, estrategia, psicología, embuste y hasta un poco de matemáticas, el póker añade a los ingredientes de su atractivo el componente económico pues las apuestas asociadas a este juego le han asegurado legiones de seguidores movidos por la adrenalina del riesgo y la ganancia inmediata. En una simple partida de póker se han visto caer fortunas, reputaciones, amistades y hasta vidas. De allí que no deba ser visto como una mera atracción.

La ciencia política se nutre de analogías. Creo reconocer en la mesa del póker algunas características del juego político que Guatemala vive en estos días. Y es que a esta mesa, como en los grandes casinos, están invitados únicamente los grandes apostadores. Los que están en un todo o nada, como cuando se pone todo el dinero al centro de la mesa. Déjenme caracterizarlos a cada uno de ellos. Esta el jugador poderoso, el que tiene hoy los ases en la mano. Sabe que tiene que jugarlos pronto o su ventaja se achica con el paso del tiempo. Tiene el peso, la gravitas, la reputación de jugador implacable y una cierta aureola de “jugador perfecto”, que le hace ciertamente temible. A él no le interesan ni las circunstancias ni las haciendas de los otros jugadores; simplemente tiene cartas en la mano y tal cual las juega.

Luego está el jugador tramposo. El que está esperando pasar agazapado mientras en la ronda que se está jugando los demás terminan de hacerse daño. Sabe que tiene que esperar. Que colocar algunas cartas falsas en la mesa o hacer trampa de algún modo – que al final es lo suyo – no importa ya pues su posición hoy solo podría mejorar si la mesa llega a desorganizarse o a colapsar. El no tiene método, no tiene amigos, lo que al final quiere es tener una bolsa de dinero ajeno que llevarse y que nunca le endilguen responsabilidades por su mal actuar en la mesa.

Hay un tercer jugador, a uno que de momento no le importa ganar. Le importa más bien que haya otros que pierdan. Éste siempre juega al ritmo del poderoso, al del primer jugador, porque sabe que de él depende que la fortaleza de los otros jugadores se caiga. Puede que exprese simpatía por la forma de jugar del primero, pero lo que realmente le importa es que el peso y el poder del primero le asegure a él y durante el mayor tiempo posible, una mejor posición en la mesa de cara a las próximas partidas que se jugarán.

Por último está el jugador en el modo defensivo. El que se percibe vulnerable. El que sabe que al menor movimiento en falso de sus cartas, lo sacan del juego. Que no tiene la necesaria masa crítica de fichas para cambiar de momento el rumbo de la partida. El que paga por ver; que recurre al bluff y que sabe que cuando toque el cambio de cartas, su posición puede mejorar infinitamente.

Pero hay un quinto a quien no han invitado a esta mesa. Al cumplidor. Al honrado a carta cabal. Al que sabe que su patrimonio se lo están jugando los otros cuatro y a él ni siquiera le han preguntado. Es como el hijo desesperado de alguno de aquellos que se regodean en la mesa jugándose el patrimonio de la familia a unas cuantas cartas. Sabe que cuando terminen, aquellos se irán del lugar ebrios de gozo o de frustración por el poder que da tener la mano ganadora o perdedora, según sea el caso, y que a él le tocará pacientemente reconstruir lo que quede.

Si los ciudadanos y organizaciones no toman el compromiso de romper la lógica maniquea, divisiva, excluyente, esa del “-vente conmigo o con nadie más-” de los cuatro jugadores en la mesa, el país se estará jugando su futuro a golpe de naipes. Que se va tarde, seguro. Que de todos modos importa, por supuesto. Que se puede lograr algo, yo sí lo creo.