La mecánica de un pacto o el castigo de Sísifo

Por Roberto Ardón

Publicado 16/08/2017

Muy respetados columnistas han escrito en distintos medios sobre la necesidad de establecer acuerdos nacionales, ahora que vivimos tiempos de gran confusión e incertidumbre. De hecho, han planteado incluso algunos temas que podrían ser objeto de esa discusión nacional y plantean la urgencia de su discusión para que los tiempos electorales no terminen consumiendo la ventana útil para obtener acuerdos claves.  Sin embargo, el tiempo pasa, las ideas fluyen de un lado a otro, pero poco se concreta. Algunos dan pasos en lo personal pero la dinámica no toma tracción. ¿Qué es lo que sucede?

En principio esta inacción se debe a lo que yo considero es una fijación con los contenidos y no necesariamente con el proceso de cómo funcionan esos acuerdos. En la medida en que las dinámicas de un proceso político se olviden o se dejen de lado, nos quedaremos en la orilla discutiendo sobre qué es lo mejor para el país, sin tener la capacidad real de llegar a acuerdos importantes. No pretendo demeritar los esfuerzos individuales que han surgido por parte de ciudadanos muy calificados y preocupados por la coyuntura nacional, pero la dificultad estriba en que continúan apoyándose en redes cercanas de personajes que muchas veces se terminan auto convenciendo o retroalimentándose entre sí, pero al final con poca capacidad en largo plazo de traducir sus reflexiones en medidas y acciones concretas.  Otro defecto de estas iniciativas es que suelen multiplicar los centros de gravedad pues cada quien desea articular una red de ciudadanos en torno a sus propias preocupaciones, por muy legítimas que sean.

Dicho lo anterior, se impone entonces hacer una reflexión sobre lo que podría ser una mecánica de un acuerdo nacional.  Primeramente, hay que decir los verdaderos acuerdos nacionales descansan sobre instituciones. La Moncloa, el Pacto por México y otros esfuerzos similares fueron rubricados por instituciones sociales, económicas y políticas, no por personas. Son estos cuerpos los únicos que tienen estructura, institucionalidad,  compromiso de largo plazo y representatividad como para darle a un acuerdo una vida real.  En este sentido mucho nos hace falta para que los grandes sectores de la sociedad se vuelvan a hablar. Hoy cada uno ando preocupado en lo suyo y prefieren no verse retratado con el otro. Terrible error.

Luego el diálogo exitoso entre actores comienza por poner en la mesa de los temas aquello que es evidente, para luego hacer visible lo subyacente (es decir de todo aquello que todos hablan pero que nadie lo pone por escrito) para finalmente terminar por abrirse a lo estructural. Esta cadena lógica de abordaje permite ir ganando confianza, a la vez que genera pequeños logros o “quick wins” como se dice en el argot anglosajón. El caminar juntos sobre temas en lo que es posible adoptar un lenguaje común hace muy difícil que después se pretenda desandar lo andado. Esto permite entonces que la dinámica imponga nuevos retos a los actores.  El pacto fiscal del año 2000 es una muestra de cómo se fue generando exitosamente ese proceso de aproximaciones sucesivas.

Otro aspecto clave es que ningún acuerdo nacional es suscribible o vale la pena andarlo si no hay una actitud de llevar de entrada a la mesa compromisos propios. Aquí siempre hemos empezado al revés: unos grupos piden a otros y eso termina la discusión. Valdría la pena pensar en un formato en que los actores mediten poner en papel compromisos que luego pongan sobre la mesa a manera de su contribución inicial. Quizá podríamos esperar sorpresas. Quizá se genere una dinámica en que los compromisos puestos sobre la mesa palidezcan frente a las de los otros actores, permitiendo entonces que se busque ir más allá. Algo así como negociar “a la japonesa”.

Por último, todo acuerdo debe buscar dos pilares sobre los que se asienta su éxito en el largo plazo: acciones o medidas concretas; y pactos sobre la conducta institucional que cada quien asume, y que deben respetarse y medirse. Esto quizá es lo más difícil. Pero aquí sí que pueden hacer la diferencia las redes de ciudadanos preocupados. Como a cada sector o entidad les es difícil generar, por presión de grupo, por limitación interna o por la naturaleza de sus liderazgos, un juego de ideas sobre acciones y normas de conducta, yo creo que es posible que ciudadanos respetables, referentes y creíbles puedan ofrecer a los actores institucionales de un pacto, a título de contribución personal y desinteresada, ideas concretas al respecto.

He titulado esta columna como “la mecánica de un pacto o el castigo de Sísifo”. Lo he hecho porque sin la mecánica de un pacto probablemente la sociedad guatemalteca continúe condenada a continuar rodando con gran dificultad, como la hacía Sísifo en el mito griego, la piedra hasta la cima de la montaña, solo para ver como ésta se despeña nuevamente al otro lado de la ladera.

CACIFRoberto Ardón