Construyendo felicidad

Por María Alejandra Morales

Publicado 17/12/2017

Alejada de mi estilo tradicional de escritura, decidí aprovechar este último texto del año para llevar un mensaje distinto a los análisis políticos usuales. Seguramente me estoy dejando ganar un poco por la mezcla de sentimientos que traen estas fechas, pero de vez en cuando se vale. Para ser honesta, si tuviera que elegir el mejor año de mi vida 2017 no entraría ni en el top 10. Fue un año de muchas caídas, pero también de mucho crecimiento personal, profesional y espiritual. Extraer lo positivo de los momentos difíciles no es fácil, pero para que todo aquello que nos impacta tenga valor debemos buscarle un significado, una razón de ser. Espero, en esta versión un poco distinta de mi profesión, dejar algo de luz en las mentes que me leen.

La capacidad de creer que somos capaces de alcanzar lo que deseamos se llama esperanza, y puede renovar toda nuestra energía. Esa emoción verdaderamente nos mantiene avanzando, de alguna forma nos lleva a ser más insistentes en realizar esos sueños. Sin embargo, algunas veces desmayamos, cuando nos sentimos incapaces de hacer frente a las adversidades. Nos pasa a todos los seres humanos, a mí me pasó este año. Sin darme cuenta poco a poco predominaban en mi persona emociones como la frustración, impotencia y pesimismo, pues predominaba en mí la desesperanza. Me di cuenta que había un valor ausente, el que nos hace seres humanos, la empatía.

Invadida por la desesperación, decidí cambiar de ambiente creyendo que lo que buscaba estaba allá afuera y no –como ahora lo sé– dentro de mí. Cuando iba en el carro camino al aeropuerto mi papá se detuvo a comprar un jugo de naranja en una venta en la calle. Eran las 5 de la mañana y vi a una señora con una sonrisa de oreja a oreja despachando jugos a trabajadores que también sonreían. Pude ver en sus sonrisas cómo ellos entendían el sacrificio como una forma que les permitiría alcanzar la felicidad. Salí dos meses del país sin estar segura de querer regresar por la inestabilidad que me afectaba en muchos aspectos. Luego de mucha reflexión, comprendí que si de verdad hay valor en el sacrificio, entonces la adversidad pone a prueba la esperanza para que trabajemos de una forma más genuina, creativa y determinada por las cosas que queremos lograr.

Si yo creía que al mundo le hacía falta empatía quizás era a mí a quien también le faltaba alimentar con ese valor mi espíritu. Una persona empática tiene la capacidad de identificarse con los sentimientos de otro individuo. De alguna forma comprende una realidad ajena a la suya. Pero no es solo la capacidad de ver, o desplegar emociones con base en las imágenes que percibimos, sino es también la habilidad que tenemos para convertir las impresiones en acciones que generen sentimientos positivos. ¿Por qué si me frustra la injusticia no estoy trabajando por la justicia? ¿Por qué si creo que hace falta empatía en las personas no empiezo yo a ser menos egoísta? ¿Por qué si me preocupa la pobreza no trabajo para generar las condiciones que permitan que más personas generen riqueza? ¿Por qué si nos molesta la corrupción y la mentira a veces faltamos a la honestidad o dejamos de ser correctos? ¿Por qué si nos afecta la violencia a veces la promovemos por medio de la intolerancia? ¿Por qué si tanto nos molesta el mal no empezamos nosotros por hacer siempre el bien?

Todos aquellos pensamientos me hicieron darme cuenta que las sombras que veía en el futuro y la sociedad también se debían a que yo había dejado de procurar ser luz para los demás. Recordé las palabras de un amigo que hablaba acerca de la enorme responsabilidad que tenemos con el país quienes hemos accedido a oportunidades privilegiadas. Pero es un compromiso aún más amplio, pues se extiende hacia todos los individuos. Tenemos la responsabilidad de mantener encendida nuestra luz para que irradie también a los demás. Tenemos el compromiso de invertir nuestros dones y energía en hacer de este mundo un mejor lugar. Tenemos la obligación de no perder la esperanza y trabajar por hacer que la Guatemala de nuestros sueños se vuelva una realidad. Tenemos que hacer de la felicidad un fin realizable para todo el que la quiera alcanzar.

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