El apoyo al sistema político no es corrupción

 

Por Jonatan Lemus

Publicado 05/11/2017

Estamos viviendo un terremoto político atípico, caracterizado no por un gran sismo destructor, sino por pequeños sismos frecuentes que gradualmente terminarán socavando las bases del sistema hasta su destrucción. ¿Es esto un motivo de celebración? Podría serlo. Al observar el desempeño de la clase política, los altos niveles de corrupción, y el desorden administrativo de la burocracia estatal, la “solución” más fácil sería iniciar de cero. Desde esa visión, la estrategia sería dejar que el sistema colapse para introducir en la narrativa la necesidad de un nuevo proceso constituyente. Sin embargo, un análisis más prudente de la situación, me hace concluir que un “borrón y cuenta nueva” no es la salida más adecuada.

Mi reflexión surge luego de revisar el marco propuesto por David Easton, uno de los principales ponentes de la teoría del sistema político. Según este autor, un sistema surge a partir de la existencia de demandas que deben ser resueltas políticamente. Las demandas son absorbidas, y como resultado, generan una decisión o una política. Para lograrlo, el sistema debe contar con cierto nivel de apoyo, pues sin este, no tendría legitimidad para procesar las demandas.

Según Easton, hay tres ámbitos de apoyo: a la comunidad política, al régimen y al gobierno. En primer lugar, los miembros de una comunidad política deberían estar lo suficientemente ligados entre ellos para aportar sus esfuerzos al alcance de metas comunes. Asimismo, deberían apoyar al régimen, definido como las reglas del juego que regulan la manera en cómo las demandas son resueltas en el sistema. Finalmente, debería existir apoyo al gobierno, que se encarga de ejecutar las tareas derivadas del proceso político.

En el caso guatemalteco, observo una crisis de apoyo en los tres ámbitos. El gobierno tiene índices de aceptación sumamente bajos e incluso algunos sectores piden su renuncia. Por su parte el régimen no cuenta con el apoyo de la mayoría de los ciudadanos; algunos desean cambios moderados a las reglas del juego y otros, un retorno al autoritarismo. Finalmente, la idea de una comunidad política no termina de consolidarse en Guatemala, una muestra de eso fue la discusión sobre el pluralismo jurídico.

Lo anterior me hace reflexionar sobre las consecuencias de un colapso del sistema político. Una visión optimista esperaría solamente una renovación de la clase política y algunas reformas institucionales. Sin embargo, con un apoyo tan débil al régimen y a la comunidad política, el colapso del sistema también podría traer consigo iniciativas anti democráticas y el surgimiento de micro comunidades políticas. Esta es una preocupación genuina, compartida por varios actores, que debería ser tomada en cuenta en el debate público.

 

Lamentablemente, en la actualidad, expresar apoyo a la comunidad política y al régimen, se ha malinterpretado como una validación de la corrupción o del gobierno actual. En lo personal, aunque desearía ver un cambio en las reglas del juego, sobre todo electorales, no soy partidario de la demolición del sistema político en su totalidad, pues esto tendría consecuencias de más largo alcance, incluso de tipo económico. Eso no me hace corrupto o defensor del statu quo.

¿Esto significa que debería apoyarse al sistema tal y como está? Definitivamente no, es imposible apoyar la existencia de un sistema político que no responda a las demandas de la ciudadanía. En este sentido, la salida a la crisis pasa por el incremento en la eficacia del sistema, de manera que las demandas se vean traducidas en decisiones. Definitivamente, esto requiere erradicar la corrupción en la burocracia estatal y la renovación de la clase política. Un sistema eficaz podría incrementar el apoyo a la democracia y a la comunidad política. De lo contrario, seremos testigos de cómo los pequeños sismos frecuentes terminarán por tener un impacto más devastador que un solo sismo de alta magnitud. Aún estamos a tiempo para revertir ese proceso de destrucción irreparable.

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