Amnesia y la Ley Electoral

Por Phillip Chicola

Publicado 28/11/2017 

Cuando tres películas sirven para alertar sobre los riesgos de no recordar enseñanzas recientes.

Hay tres películas que retratan una condición médica completa: la amnesia anterógrada, o la incapacidad de formar nuevos recuerdos y memorias. Las tres son tan diversas que resultan atractivas para diferentes públicos. Si le gustan los thrillers policiales, está Memento, obra monumental de Christopher Nolan, en la cual el protagonista busca vengar la muerte de su esposa, pero lo hace sin poder crear nuevos recuerdos, por lo que navega por el mundo sin saber con precisión qué hizo hace tan solo una hora. Si le gustan las comedias románticas, está 50 First Dates, en donde Adam Sandler busca conquistar a Drew Barrymore, con el problema que esta última es incapaz de recordar qué hizo el día anterior, por lo que Sandler debe planificar cada día una nueva primera cita. O en cambio, si le gustan los dramas, está Before I go to sleep, en donde la protagonista es incapaz de recordar sus últimos años de vida, sin saber quién es su esposo, quién es el responsable de su condición o quiénes son sus amigos.

Pero más que la recomendación cinematográfica, las tres presentan la condición psiconeurológica que se refiere a no poder crear nuevos recuerdos, a tener ideas preconcebidas o recuerdos previos, y que estos no se vean modificados por las vivencias recientes.

Pues bien, resulta que en el marco de la discusión de la reforma a la Ley Electoral y de Partidos Políticos la sociedad guatemalteca, los actores relevantes y las instituciones participantes en el proceso, empiezan a padecer de amnesia anterógrada. Veamos algunos casos.

La reforma al Sector Justicia nos dejó una enseñanza: incorporar un tema polémico que no cuente con respaldos amplios (en ese caso la jurisdicción indígena), o que genere polarización, puede echar al traste un proyecto con más de 90 por ciento de consenso. Pues resulta que el mismo problema empieza a surgir. La propuesta del TSE de incluir la paridad, puede convertirse en el “beso de la muerte” de las reformas electorales, en las que existe un consenso amplio sobre reducir barreras de ingreso, subdistritos y abrir listados. Esto más que un tema de agendas o posiciones políticas es de puro pragmatismo. Si se incluye el tema de la paridad, con el grado de polarización que el mismo genera, muy probablemente la reforma perderá apoyos y se quedará en el congelador legislativo. No ver esta premisa, es caer presa de la amnesia.

Otra enseñanza olvidada es la necesidad de circunscribir las agendas a mínimos comunes. Dicho de otra forma, se nos pueden ocurrir decenas de ideas y propuestas para fortalecer el sistema electoral. Pero cada una de ellas requiere de un proceso de análisis, interiorización y construcción de consenso. Por ello, las reformas urgentes deben circunscribirse a aquellos denominadores comunes que tiendan a acercar actores y posiciones. Y eso ocurre hoy con los tres temas antes señalados. Aspirar a incorporar una agenda de “ideales” o de propuestas dispersas, es olvidar la experiencia de procesos de reforma previa, como en el 2013 y 2015.

También es importante recordar a los actores involucrados y sus intereses. No olvidemos que la batalla de reforma no se limita a lograr que la Comisión de Asuntos Electorales introduzca en el dictamen los temas de interés. Esa es tan solo la primera batalla. Posteriormente, la Corte de Constitucionalidad emite un dictamen sobre las reformas, y de la experiencia del 2013 y 2015, se pronuncia sobre la constitucionalidad y practicidad de unas y otras, con lo cual se convierte en un segundo filtro. Y por último, el mismo pleno del Congreso, puede modificar –vía enmiendas de curul– el contenido final de la reforma. Por ello, al igual que en Before I go to sleep o Memento, no hay que creer que los actores relevantes se limitan únicamente a los del círculo inmediato, puesto que siempre hay aliados insospechados y agendas ocultas de quienes se venden inicialmente como amigos y conocidos.

Al estilo de esas dos películas, quizá es momento de repasar las notas y señales (o tatuajes y grabaciones) escritas antes que se borren los recuerdos inmediatos. Aunque, siempre está la posibilidad –como en Memento– que los actores que impulsan la reforma, más que padecer de amnesia, operen en un entorno con una realidad distorsionada por sus propios prejuicios y percepciones mal formadas, y por ello, son incapaces de ver el verdadero objetivo que persiguen. De lo contrario, al estilo de Adam Sandler, nos veremos obligados a plantear “50 propuestas y estrategias de reforma”, puesto que no aprender de los errores pasados, es receta para toparnos con los mismos problemas y dilemas de siempre.

CACIFPhillip Chicola