El señor de los datos

Por Roberto Ardón

Publicado 22/11/2017

En mis años de estudiante tenía un profesor que durante el curso de sus clases solía dar consejos políticos disfrazados de comentarios académicos. Recuerdo uno muy claramente: él decía que “siempre hay que ser la persona que va al pizarrón”, queriendo decir con ello que aquel que pone los números por escrito, que dibuja el esquema o el que consigna físicamente las ideas para que otras las vean, es el que suele ganar la discusión. Qué razón tenía aquél catedrático.

Los guatemaltecos nos levantamos de súbito con la noticia de que una parte importante de los datos estadísticos oficiales, relacionados con la canasta básica estaban mal calculados y como consecuencia de lo anterior, el costo económico de la canasta básica alimenticia presentaba una sobrevaloración considerable. Hoy se han hecho ya algunos ajustes que permiten regresar, al menos en parte y aún en cuestionamiento, a una cifra más adecuada a la realidad. Lo complicado sin embargo de esta distorsión es quién la produjo y porqué. Sin duda una alteración tan evidente no puede ser resultado de un descuido o de un teclazo. Ha habido, considerando las implicaciones de esta manipulación de datos, una segunda intención muy relacionada con producir datos de segunda generación en términos de indicadores de inflación, política salarial y mapas de pobreza que justificaran luego la adopción de una determinada política. Si esta fue la razón, el qué y el quién se despeja con tan solo consultar cuando ocurrió esta alteración. Estamos frente a un clásico caso del “señor de los datos”, de aquél que va al pizarrón, aquél que cuando todos los demás se aburren es el que se queda al final para consignar las cifras que luego todos darán por válidas.

Este asunto no es menor.  Tampoco es un affaire únicamente relacionado con datos de precios de la canasta básica. Otros ejemplos podemos encontrar en el ambiente cotidiano de nuestro país, donde las cifras son parciales, se cuestionan poco o donde se dan por ciertas sin un cuidadoso examen de su origen y metodología. Y las consecuencias de su aceptación pueden ser muy grandes y complejas. Recuerdo el caso del último censo de población donde no pocas voces criticaron que en los resultados finales de ese instrumento literalmente “desaparecieron” miles de personas de ciertos departamentos del país. Las explicaciones que se ofrecieron en aquella ocasión, relacionadas con la migración, la guerra o el error proyectivo no despejaron nunca la duda y sospecha de aquello se había hecho para favorecer la distribución de diputados en aquellos departamentos donde la expectativa de caudal electoral del partido gobernante era mayor. Típico ejemplo éste de otra travesura del “señor de los datos”. En el tema fiscal, para dar un segundo caso, me parece que se asoma acá también el fenómeno de los datos parciales, los escogidos a mano o seleccionados para calzar con la visión ideológica de un panorama que seguramente tiene otros matices importantes. Sobre eso abundaré en otra columna.

Lo ocurrido con la canasta básica alimenticia nos tiene que llamar como país a no volver a dormirnos sobre estadísticas no corroboradas. El costo económico que se desprende de una decisión de modificar cifras para acomodar intereses políticos es irrecuperable y debe llamarnos a examinar no solamente la metodología de cómo se construyen aquellas sino también a determinar la credibilidad, la objetividad y la rigurosidad del “señor de los datos” que está detrás de su elaboración. No vaya a ser que una vez más en el pizarrón se consignen únicamente aquellos datos, que maliciosamente alterados, hagan tomar decisiones de política pública en materia de presupuesto y cooperación que solo beneficien al afiliado político o al bolsillo particular de algún inescrupuloso consultor.

CACIFRoberto Ardón